lunes, 20 de septiembre de 2010

El superatleta destronado

Fue el primer gran atleta del siglo XX, una fuerza de la naturaleza, el deportista completo que destacaba en todas las modalidades. Tras asombrar al mundo en los Juegos de Estocolmo 1912, venciendo en las dos pruebas combinadas (pentatlón y decatlón), fue acusado de profesionalismo y despojado de sus medallas olímpicas. Esta es la peculiar historia del indio piel roja Jim Thorpe.


Jacobus Franciscus “Jim” Thorpe, nacido el 28 de mayo de 1888 en una reserva india en el estado de Oklahoma, ha sido uno de los deportistas más completos de la historia, ya que además de dominar casi todas las modalidades atléticas jugaba a muy alto nivel al béisbol, baloncesto, lacrosse y fútbol americano. A pesar de que éste último era su deporte favorito, y por el que se dio a conocer en su país natal, fue el atletismo el que le dio la fama mundial.

Nativo de la tribu Sac and Fox, descendiente por vía materna de Black Hawk (Halcón Negro), el mítico gran jefe de dicha tribu, recibió el nombre tribal de Wa Tho Huk (Sendero brillante), debido a que los rayos del sol iluminaban intensamente el sendero que conducía a la cabaña donde nació. El pequeño Jim pronto destacó por sus excepcionales facultades físicas. Pasó los primeros años de su vida trabajando con su padre, corriendo, cazando y pescando como un hijo de la naturaleza, lo que probablemente fue el mejor “entrenamiento” para un atleta tan completo como llegó a ser.

Los primeros pasos de su carrera deportiva los dio en el internado del Indian Collage de Carlisle, en el estado de Pennsylvania, una institución dedicada a la enseñanza de niños indios en la que ingresó con 16 años. La muerte de su padre le lleva a abandonar la escuela, pasando a trabajar durante un par de años en una granja. Sin embargo, el joven Jim añoraba el ambiente de la escuela y la intensa practica deportiva que allí desarrollaba (fútbol americano, béisbol, atletismo, baloncesto, lacrosse…), por lo que en 1907 decide regresar a Carslile.

Dotado de un gran talento natural para el deporte y de un impresionante físico, que aunaba fuerza, agilidad, rapidez y resistencia (1,83 metros y 80 kilos de adulto), su primer interés se dirigió al fútbol americano, hasta que un día su capacidad atlética llamó la atención del prestigioso entrenador Pop Warner, quien le tomó bajo su protección y le llevó a ser una deportista completo.


El atleta más completo
En los siguientes años la progresión deportiva de Jim fue fulgurante. Era ya un líder, y conducidos por él los “indios” de Carlisle alcanzan una gran notoriedad en todo el país, llegando a conquistar el título nacional de fútbol americano. Es elegido en dos ocasiones para el All-American, una selección nacional de los mejores futbolistas amateurs de cada temporada. "Nadie puede pararlo", decía de él Pop Warner.

En la primavera de 1912, entre otros logros atléticos, consigue tres primeros puestos, dos segundos y un tercero en el campeonato de atletismo universitario contra la campeona Universidad de Pennsylvania. Con 24 años, consagrado ya como uno de los grandes deportistas del momento, los Juegos Olímpicos de Estocolmo 1912 debían ser el test definitivo de su capacidad atlética. Y superaría la prueba con nota.

En esos Juegos se introducen por primera vez las pruebas combinadas de pentatlón (salto de longitud, lanzamiento de jabalina, 200 metros, lanzamiento de disco y 1.500 metros) y decatlón (con las mismas disciplinas que en la actualidad, aunque entonces se disputaba en tres jornadas). En ambas, Thorpe vence con aplastante superioridad. En el pentatlón triunfa en cuatro de las cinco pruebas; en el decatlón, en cuatro de las diez, estableciendo un nuevo récord olímpico y mundial. Sus 8.412 puntos, que corresponderían a 7.232 según la tabla de puntuación actual, es una marca espectacular para la época y tardaría 16 años en ser batida. Además, participaría en la final de salto de altura -en la que quedó cuarto con una marca de 1,87-, y en la de salto de longitud (séptimo con 6,89). “Permítame, señor, que le felicite. Es usted el más maravilloso atleta que han visto los siglos”, le dijo el rey Gustavo V de Suecia.

Tras los Juegos de Estocolmo regresa a su país como un auténtico héroe, protagonizando incluso la tradicional parada en coche descubierto por Broadway, reservada para personajes y acontecimientos muy señalados. Remata otra magnífica temporada futbolística, siendo elegido por tercera vez All-American, y en enero de 1913 se casa con su novia Iva Millar. Todo son éxitos, la vida le sonríe… pero el destino le tiene reservado, una vez más, una mala jugada.


Acusación de profesionalismo
Meses después, un periodista publica que en los veranos de 1909 y 1910 había cobrado un sueldo de unos 70 dólares mensuales de un modesto equipo de las ligas americanas de béisbol. En aquella época, la condición de amateur comportaba una absoluta prohibición de cualquier forma de compensación económica, por lo que era normal que al finalizar la temporada de atletismo muchos universitarios se inscribieran con nombres falsos para jugar unos meses en las ligas profesionales y ganar algún dinero. Jim también lo hizo pero no ocultó su identidad, creyendo que no contravenía ninguna regla. Aquella ingenuidad le costaría caro.

Tras investigar el caso, la Amateur Athletic Union (AAU) de Estados Unidos le privó de su condición de deportista aficionado, y el Comité Olímpico Internacional (COI) decidió despojarle de sus medallas, a la vez que su nombre y sus récords desaparecían de todas las clasificaciones oficiales. Los atletas que habían quedado en segunda posición en ambas pruebas (el noruego Ferdinan Bie y el sueco Hugo Wislander) se negaron a recibir las medallas de oro que tuvo que devolver Thorpe como un gesto de admiración hacia él. Las preseas permanecieron durante décadas en el Museo Olímpico de Lausana.

Amargado tras aquella descalificación olímpica que siempre consideró injusta, Jim Thorpe –designado por la prensa norteamericana como el mejor deportista nacional del primer cuarto de siglo- probó suerte en otros deportes, jugando con éxito en los míticos Giants de Nueva York de la liga fútbol americano. Posteriormente, fichó por otros equipos de fútbol americano y de béisbol hasta su retirada en 1928. Si durante cerca de una década cosecha éxitos deportivos y suculentos contratos económicos, sus últimos años como deportista profesional están marcados por una sucesión de fracasos motivados por sus numerosos problemas personales.

Jim Thorpe no tuvo una vida personal fácil, marcada en numerosas ocasiones por la tragedia y la adversidad. Cuando sólo tenía ocho años su hermano gemelo falleció a causa de una meningitis, se quedó huérfano de padre y madre antes de cumplir los 18, su primer hijo (tuvo ocho) murió en una epidemia de gripe, se divorció en dos ocasiones… Todo un catálogo de adversidades a las que además hay que añadir que fue víctima de discriminación racial debido a sus raíces indias, discriminación de la que era plenamente consciente y contra la que siempre se rebeló.


Una vida llena de adversidades
La muerte de su primer hijo le sume en una profunda depresión. Ya de por sí serio y reservado, se le agria todavía más el carácter y empieza a beber compulsivamente. Las desavenencias con su esposa pasan a ser frecuentes, lo que desemboca en su divorcio, y empieza a descuidar los entrenamientos con el lógico bajón en su rendimiento deportivo.

Los Giants rescinden su contrato, y a partir de aquí inicia una etapa de continuos cambios de equipos, e incluso épocas en las que tiene serias dificultades para encontrar un equipo en el que seguir jugando, llegando a pasar calamidades. Tras retirarse –arruinado y en plena crisis por la Gran Depresión- acaba realizando todo tipo de trabajos para sostener a su familia: trabaja en la construcción, como cargador en los muelles, portero de club nocturno, guardia de seguridad, e incluso hace de extra de cine en varias películas, caracterizado sobre todo de Gran Jefe indio. Sin embargo, su situación personal no mejora; los empleos no le duran mucho y gran parte de lo que gana se lo gasta en las tabernas.

Sumido durante años en el olvido, en 1950 es hospitalizado, de caridad, para ser tratado de un cáncer de boca. Un año después, una película vino a recuperar y engrandecer su figura. Dirigida por Michael Curtiz y con Burt Lancaster dando vida al atleta, Jim Thorpe: All American (1951) narra su trayectoria vital y deportiva, y todos los obstáculos que tuvo que superar para convertirse en una leyenda del deporte. Una de las escenas más emotivas recoge un episodio ocurrido en 1932, durante la celebración de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. El antaño ídolo de masas deambula por las inmediaciones del estadio olímpico sin dinero para pagarse la entrada, cuando es reconocido por unos espectadores que le llevan hasta la tribuna de honor, donde es aclamado por el público que abarrota el Coliseo.

Jim Thorpe falleció el 28 de marzo de 1953 rodeado de sus siete hijos y su tercera esposa, enfermo de cáncer, pobre y alcoholizado, sin haber visto restituido su “honor olímpico", algo que no ocurriría hasta 1982. Siete décadas después de su gesta, el entonces presidente del COI, Juan Antonio Samaranch, hacía entrega a sus herederos de las dos medallas de oro que le fueron retiradas. Jim Thorpe, el piel roja que asombrara al mundo en 1912, “el más maravilloso atleta que han visto los siglos”, recuperaba así, oficialmente, el reconocimiento de unos títulos olímpicos que nunca debió perder.

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domingo, 15 de agosto de 2010

Simply the Best

Durante una década maravilló al mundo con su fútbol de genio. Después, hastiado de la dinámica del profesionalismo, decidió retirarse, jugar para equipos amateurs y disfrutar al límite de los placeres de la vida. El alcohol ahogó el mayor talento futbolístico surgido jamás en las islas británicas. Rebelde, talentoso, auténtico, golfo… Así era George; simply the Best.


Toda una vida resumida en sus frases. Porque hasta para eso George Best era un genio. “A lo largo de mi vida gasté mucho dinero en alcohol, mujeres y coches. El resto simplemente lo malgasté”, dijo en una ocasión. Así era él: sincero, despreocupado, extravagante... un vividor. Sin embargo, su talento en un campo de fútbol era inmenso, comparable tan sólo al de los mejores de la historia (Maradona, Pelé, Cruyff...) Las diabluras que hizo con el balón, cosido a sus botas, levantan todavía comentarios de admiración. “George Best fue único”, dijo Sir Alex Ferguson. Su vida también.

Ofreció al mundo seis temporadas mágicas, y después su estrella se apagó ahogada por los excesos. Entre 1964 y 1970 maravilló al planeta fútbol. No había nadie como él; no habrá nadie como él. En esos años ganó dos ligas inglesas (1965 y 1967), una Copa de Europa (1968), el Balón de Oro (1968) y un Balón de Bronce (1970). En esos años marcó 115 goles en 290 partidos y dejó para el recuerdo innumerables muestras de su talento.

Una noche en Lisboa, en 1966, se encargó de destrozar al Benfica de Eusebio (1-5). Al día siguiente la prensa portuguesa, rendida ante semejante exhibición, le puso el apodo que le acompañaría el resto de su vida: “El quinto Beatle”. También inolvidable fue su partido contra la selección de Escocia, en octubre de 1967, tras el cual el público le bautizó como “el mejor” (the best). Y aquella ocasión en que hizo sonrojar al veterano portero Gordon Banks en un Inglaterra-Irlanda, quitándole con picardía el balón cuando iba a sacar de puerta, para marcar con la cabeza (aunque finalmente el gol no valió).

Fue el primer icono pop del fútbol moderno, tan estrella fuera como dentro de los campos de juego. Y entonces, a la vez que menguaba el Best futbolista, iba creciendo el Best personaje, el Best caricatura, el Best de los excesos. Como aquella ocasión en que, según recordaría después el botones de uno de los hoteles más exclusivos de Nueva York, llegó a pedir, una tras otra, decenas de botellas de champán hasta gastar las 20.000 libras que se esparcían por la cama de la lujosa suite en la que se divertía con una ex Miss Universo.



Sus frases célebres
“Es el mejor del mundo”, dijo de él Pelé a finales de los 60. “Si hubiera nacido feo, no habríais oído hablar de Pelé”, manifestó en una ocasión Best. Pero no nació feo, sino atractivo, simpático, juerguista y sensible en exceso a los placeres de la vida. Y terminó por perderse en el camino. Y terminó por perder lo mínimo que necesita un futbolista para jugar entre los mejores.

En aquella época George Best quedaba retratado, sin ningún pudor, por sus frases, tan ingeniosas y ocurrentes como demoledoras y dramáticas. Era pura dinamita con un micrófono delante: “Dicen que me he acostado con siete Miss Universo. Es mentira, sólo han sido tres”… “En 1969 dejé las mujeres y el alcohol; fueron los peores 20 minutos de mi vida”… “He dejado de beber, pero sólo cuando duermo”… “Tenía una casa en la costa, pero para llegar a ella había que pasar por un bar. Nunca llegué a ver el mar”… “Cada vez que entro en un sitio, hay 70 personas que quieren invitarme a beber, y yo no sé decir que no”… “Nací con un gran don que a veces tiene un lado destructor. Quería superar a todo el mundo cuando jugaba y de la misma manera quería superar a todo el mundo en mis salidas nocturnas”.

Todas estas frases, y algunas más, describen perfectamente al personaje. Todas ellas retratan al que pudo haber sido, de haber querido, uno de los dos o tres mejores jugadores de la historia. Best ha sido el mayor talento desperdiciado del fútbol mundial. Pero aquellos años de fútbol (sus buenos años) no se han vuelto a ver jamás. Entonces sí, era simply the best.



El primer icono pop del fútbol
George Best nace el 22 de mayo de 1946 en Belfast (Irlanda del Norte) en el seno de una familia de seis hermanos. Desde muy joven dedicó la mayor parte de su tiempo libre a los deportes, en un principio el rugby y después el fútbol. Incluso faltaría a más de una clase para dedicarle más horas a su auténtico hobbie. Su padre no quería que se dedicara a este deporte, pero como buen rebelde que era eso no hizo sino incrementar sus deseos de ser futbolista. Empezó jugando en un equipo de su ciudad, el Cregagh, y muy pronto demostró ser un prodigio con el balón en los pies.

Cuando Best tenía 15 años, Sir Matt Busby, el mítico entrenador del Manchester United, recibió una llamada de uno de sus ojeadores: “Acabo de encontrar un talento”; dos años después, ya estaba jugando en Primera División con los reds. Desde el mismo día de su debut, Busby se dio cuenta de que había caído un genio en sus manos. Aquel día volvió loco a su marcador, Graham Williams, experimentado central del West Bromwich Albion. Meses después volvieron a encontrarse y Williams le dijo: “¿Podrías quedarte quiero un momento para ver tu cara?”. “¿Por qué?”, le preguntó Best. “Porque hasta ahora lo único que había visto era tu culo desaparecer pegado a la banda”.

Coincide en aquel Manchester con grandes jugadores como Bobby Charlton o Dennis Law. Su llegada al equipo supuso una revolución; el joven George Best tenía hambre de fútbol y mostraba una actitud intachable: “Yo podía jugar con las dos piernas, marcaba goles, muchos de ellos con la cabeza. Busby decía de mí que era el mejor en la disputa del balón –recordaría años después-. Trabajaba duro en la cancha, retrocedía a defender si hacía falta. Si perdía la pelota era un insulto personal y la quería recuperar. Sí señor, me fastidiaba mucho que me la quitaran, porque era mi pelota”. Fascina al mundo con un fútbol eléctrico, pleno de velocidad, desborde, habilidad, pegada y descaro. De apariencia frágil, tenía una excelente técnica con ambas piernas, una velocidad endiablada, un regate mágico y una gran visión de juego. Los aficionados de Old Trafford enloquecían con su juego y sus goles. “Si el futbol es un arte, entonces soy un artista”, dijo en una ocasión.


Más dura será la caída
Con los red logra en esos años un buen número de éxitos, pero fue la victoria en la Copa de Europa de 1968 (4-1 al Benfica en la final con un Best en plan estelar), lo que encumbra al chico de Belfast a la condición de gran estrella mediática. Entonces recibía cada semana miles de cartas de sus admiradoras. Pero una vez en la cima del fútbol mundial fue incapaz de asimilar el éxito y, amante en exceso de la vida nocturna, fue adentrándose por un camino de autodestrucción. A ello también contribuyó la salida del equipo ese año de Matt Busby, el veterano entrenador que había guiado con mano firme –como si de un padre se tratara- a aquel grupo de jugadores.

El 7 de febrero de 1970 logra otro hito en su carrera al marcar seis goles en un partido de la liga inglesa en el que el Manchester golea 2-8 al Northampton. Pero ya por entonces llevaba un tiempo coqueteando con el alcohol y las drogas, lo que le condujo a sufrir un drástico descenso en su rendimiento deportivo. Sin haber llegado a los 25, sus mejores años como futbolista ya habían pasado.

George Best estuvo en el Manchester hasta 1974, año en que decide abandonar el fútbol de élite y jugar para equipos menores e incluso amateurs. Jugaría en el Fulham F.C, en tres equipos de la liga norteamericana (una temporada llegó a marcar 15 goles en 24 partidos), y en la liga escocesa e irlandesa, siempre en equipos de segunda fila. Aunque había perdido completamente la forma física aún ofrecía, de vez en cuando, algunos destellos de su magia. Como el impresionante tanto que marcó jugando para los San José Earthquakes en 1981, y que fue considerado el mejor gol marcado jamás en la NASL (la ya desaparecida North American Soccer League).

A finales de 1982 ficha por el A.F.Bornemouth, equipo de la Tercera División inglesa, donde jugaría hasta finalizar la temporada. Entonces, con 37 años, decide retirarse del fútbol. Aún tendría un último reencuentro con el deporte que le dio la fama. Fue en noviembre de 2004, estando ya muy enfermo, cuando acepta el cargo de entrenador de las categorías inferiores del Portsmouth. Fue un cargo más simbólico que efectivo, pero de esta manera cumplió su deseo de volver a estar unido, al final de sus días, al mundo del fútbol.



Una vida a toda velocidad
El alcohol, las mujeres hermosas y la velocidad fueron una constante en su vida. Siendo joven y un triunfador todo parecía ir bien. En cuanto se alejó de la élite del deporte, su vida se convirtió en un infierno, con un intento de suicidio incluido. Pese al éxito que tuvo con las mujeres, su vida sentimental fue un gran fracaso: dos veces se casó y dos veces se divorció, recibiendo de sus esposas duras acusaciones: “Cuando está borracho George es el más deplorable, burro e ignorante pedazo de mierda que he visto”, dijo una de ellas. En 1984 fue condenado a tres meses de prisión por conducir ebrio y agredir al policía que le detuvo. Pasó las Navidades de aquel año entre rejas. Veinte años después se repitió la escena y le retiraron el carnet de conducir durante 20 meses.

En septiembre de 1990 protagonizó otro desagradable incidente en un show televisivo de la BBC. Best apareció con evidentes signos de embriaguez y le espetó en directo al presentador: “Terry, I like screwing” (“Terry, me gusta follar”). Posteriormente pidió disculpas y confesó que había sido uno de los peores episodios derivados de su alcoholismo. Los últimos años de su vida fueron un calvario de hospitales y operaciones. En 2000 estuvo al borde de la muerte por los serios daños que sufría su hígado; un año después fue hospitalizado por una neumonía; en 2002 se le practicó un trasplante de hígado, y el 25 de noviembre de 2005 fallecía, sin haber cumplido los 60, como consecuencia de una hemorragia interna.

Pocos días antes de fallecer, Best pidió al diario News of the World que publicara una foto suya postrado en la cama mostrando su delicado estado, acompañado del siguiente mensaje: “No muera como yo”. De este modo quiso advertir a todo el mundo de los devastadores efectos del alcoholismo. Pese a todo, al final de sus días dijo sentirse orgulloso de algunas de las cosas que había logrado: “Pelé ha dicho de mí que yo era el mejor futbolista del mundo. Ese es el mejor homenaje a mi vida”.


Vídeo homenaje a George Best


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sábado, 24 de julio de 2010

El primer héroe olímpico

Spiridon Louis, un humilde y semidesconocido atleta griego, fue la gran estrella de los primeros Juegos de la era moderna. Su victoria en el maratón olímpico de 1896, rememorando la gesta del soldado Filípides, salvó el orgullo heleno, le convirtió en un héroe nacional y cambió para siempre su vida.


Los Juegos Olímpicos de la Antigüedad fueron prohibidos por el emperador Teodosio I en el año 394 d.C. por considerarlos un rito pagano. Quince siglos después, Pierre Fredi, el Barón de Coubertin, se propuso rescatar los valores pedagógicos y pacificadores del deporte en la antigua Grecia, lo que le llevó –no sin dificultades- a instaurar los Juegos Olímpicos modernos, que vivirían su primera edición en Atenas en 1896.

De manera paralela, el lingüista e historiador francés Michel Bréal propuso la creación de una carrera de resistencia que llevara el nombre de la legendaria batalla de Maratón (año 490 a.C.) Con ella, se conmemoraría el esfuerzo del soldado Filípides quien, según la leyenda, recorrió los 40 kilómetros que separan esta población de Atenas para anunciar la victoria de los atenienses sobre los persas, cayendo muerto poco después de llegar. En Europa ya se habían celebrado carreras de larga distancia, pero nadie había unido el nombre de Maratón a estas pruebas. Bréal, amigo personal del Barón de Coubertin, le sugiere incluirla en los primeros Juegos, ofreciéndose para entregar una copa de plata al ganador, en memoria de la gesta de Filípides. Desde ese momento, el maratón pasaría a ser considerada la prueba atlética más importante de la competición.

Los resultados no estaban siendo buenos para los atletas griegos en los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna, ya que no habían conseguido hasta el momento ninguna victoria. Los estadounidenses dominaban las pruebas atléticas, con nueve triunfos en las once competiciones disputadas hasta entonces. Heridos en su orgullo, la última oportunidad se encontraba en el maratón, que iba a recorrer los 40 kilómetros que separaban las ciudades de Maratón y Atenas.

La lógica señalaba que había muchas probabilidades de que un local venciera en esta prueba, ya que 14 de los 18 participantes eran helenos, aunque los cuatro extranjeros eran atletas de prestigio internacional. A las dos de la tarde del caluroso 10 de abril de 1896, tras el discurso inicial del alcalde de Atenas, los 18 valientes se ponían en marcha desde el puente de Maratón. El pistoletazo de salida corrió a cargo del coronel Papadiamantopoulos, mentor de varios soldados griegos, entre ellos nuestro protagonista, Spriridon Louis.


Salvador del orgullo heleno
Las primeras noticias que llegaban a través de los mensajeros, que seguían la carrera en bicicleta o a caballo, no eran nada halagüeñas ya que en el kilómetro 16 lideraban la prueba tres de los cuatro atletas foráneos (el australiano Edwin Flack, el francés Albin Lermusiaux, y el norteamericano Arthur Blake). La última noticia recibida por los 70.000 espectadores que abarrotaban el estadio Panatenaico de Atenas fue que Edwin Flack marchaba solo en cabeza ya en las inmediaciones del estadio, lo que provocó la desilusión generalizada. De repente, para sorpresa y algarabía de los espectadores, empezó a cobrar fuerza el rumor de que un corredor local se había puesto en cabeza de la prueba. Instantes después, el coronel Papadiamantopoulos entraba a caballo en el estadio y confirmaba la noticia: el ganador estaba llegando… y era un atleta heleno.

Spiridon Louis –que no se encontraba entre los favoritos- entraba primero en el estadio para cruzar la línea de meta como vencedor, con un tiempo de 2 horas 58 minutos y 50 segundos, entre los vítores de los espectadores entre los que se encontraba el príncipe heredero Constantino quien, según contarían los cronistas de la época, bajó de la grada para acompañarle en su trote durante los últimos metros. Tras la carrera, el ganador hizo célebre su frase en honor a Filípides: "Alegraos ciudadanos; hemos vencido". Con su sorprendente victoria salvaba el orgullo heleno y pasaba a ser todo un héroe nacional. La vida de Spiridon Louis cambiaría por completo a partir de entonces.

Posteriormente se supo que los tres atletas foráneos que marchaban en cabeza de carrera habían desfallecido por no haber sabido regular sus fuerzas; salieron demasiado rápido y pagaron la temeridad. Lermusiaux llegó en cabeza y en solitario a la mitad de la carrera, pero poco después empezó a tambalearse exhausto sin poder continuar la marcha. En este estado lamentable fue sobrepasado por Flack, quien había realizado un enorme esfuerzo por alcanzarle. Cerca ya del triunfo, a sólo cuatro kilómetros de la meta, también empezó a dar tumbos y delirando agredió a un espectador que pretendía socorrerle. Finalmente, en segundo y tercer lugar entraron otros dos atletas griegos (Charilaos Vasilakpos y Spiridon Belokas), aunque éste último fue descalificado tras admitir haber recorrido parte del trayecto en un carruaje, pasando el tercer puesto final al húngaro Gyula Kellner, el único foráneo que terminó la prueba. Sólo nueve atletas finalizaron aquella histórica carrera.


Corta trayectoria atlética
Nacido el 12 de enero de 1873 en la aldea de Maroussi, cercana a Atenas, en el seno de una familia muy humilde, Spiridon Louis se tuvo que poner a trabajar desde muy joven, aunque no se puede precisar a ciencia cierta si era pastor, cartero o vendedor de agua (en aquella época la ciudad de Atenas no contaba con un sistema de agua potable), ya que las versiones sobre su profesión son muy dispares. Su preparación como deportista había sido limitada, pese a lo cual mostraba unas facultades innatas para la carrera. Fue seleccionado para participar en la primera edición de los Juegos Olímpicos por el coronel Papadiamantopoulos, su superior durante el servicio militar, conocedor de sus cualidades atléticas tras haberle visto destacar en las marchas militares. Louis se preparaba por medio de la oración y, según comentarios de la época, pasó la noche previa al maratón olímpico de rodillas a la luz de los cirios ofreciéndose a los iconos y comiendo higos secos.

Tras coronarse en los Juegos de 1896 como un héroe nacional, y a pesar de no volver a competir en ninguna otra carrera de importancia, se vio colmado de todo tipo de atenciones y regalos, y hasta diversas tiendas, peluquerías y restaurantes le ofrecieron sus servicios gratuitos durante años. También recibió una finca del gobierno griego, así como un caballo y una carreta para poder llevar agua a su pueblo. Después de haber provocado el delirio en su país y un interés inusitado en el resto del mundo, son escasísimas las noticias sobre sus andanzas a partir de ese momento.

El reconocimiento del movimiento olímpico le llegó 40 años después, al ser nombrado Presidente de Honor de los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, donde fue tratado con todo tipo de atenciones. Cuatro años más tarde, el 26 de Marzo de 1940, fallecía a los 67 años de edad. Pero su mito se ha mantenido, e incluso agrandado, con el paso del tiempo, sobre todo en Grecia. La mejor prueba de que su país natal no le olvida es que cuando Atenas volvió a albergar una edición olímpica en 2004 se bautizó al nuevo estadio olímpico con el nombre de Spiridon Louis, el primer héroe de los Juegos Olímpicos modernos, el ganador del primer maratón importante de la historia, el griego que venció en esta prueba 2.400 años después de que Atenas derrotara al ejército persa en las llanuras del mismo nombre.

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miércoles, 7 de julio de 2010

Cien años de Tourmalet

No es la montaña más alta, ni la más larga, ni la de mayor desnivel de las que se ascienden habitualmente en el Tour de Francia… y sin embargo es la más legendaria. En la edición de este año se va a subir en dos ocasiones para conmemorar el centenario de la primera vez que la Grande Boucle transitó por esta cumbre pirenaica. Entonces coronó en primer lugar Octave Lapize quien kilómetros después, destrozado por la dureza de la etapa, gritó a los organizadores: “Sois unos asesinos”. Sus rampas, impregnadas de la mejor épica ciclista, han sido escenario de mil y una historias para recordar.


Vuelta a Francia. La más importante prueba ciclista del mundo. Una carrera de un mes. París-Lyon-Marsella-Toulouse-Burdeos-Nantes-París. 20.000 francos de premio”. El 19 de enero de 1903 el diario L´Auto (antecesor del actual L´Equipe) anunciaba en su primera página el nacimiento de una prueba ciclista, a medio camino entre la competición deportiva y la aventura. La carrera había sido ideada un mes antes por el joven redactor jefe de la sección de ciclismo, Geo Lefévre, con el objetivo de aumentar las escasas ventas del diario. La idea le gustó al director del periódico, Henri Desgrange, y el 1 de julio de aquel año 60 valientes se congregaron a las puertas del café Revéil Matin, en las afueras de París, para tomar parte en la primera edición del Tour de Francia. Todo un desafío, toda una locura.

Tenían por delante 2.428 kilómetros que debían recorrer en seis etapas, y entre una y otra la organización daba varios días de descanso para evitar fallecimientos por la fatiga. El vencedor de aquella primera edición, el albañil y deshollinador francés Maurice Garin, tardó 94 horas y 33 minutos en completar el recorrido, a una media de 25,739 km/h; el último de los 21 supervivientes empleó 65 horas más que Garin. Desde el primer momento, los franceses siguieron con pasión la nueva epopeya, y los sufridos ciclistas adquirieron la categoría de héroes. Las vibrantes crónicas de Lefévre encienden a los lectores y las ventas de L´Auto se disparan aquel mes de julio de 1903, alcanzando los 65.000 ejemplares diarios. Pero Desgrange quería más. “Épica, sacrificio y gloria” era su máxima. Siempre buscando los límites, decidió dar una vuelta de tuerca a su locura introduciendo las primeras dificultades montañosas.

En 1905 el Tour aborda por primera vez la montaña con la ascensión al Ballon de Alsacia, en los Vosgos, 9 kilómetros con una pendiente media del 6%. Coronó la cima destacado René Pottier, el único que soportó toda la subida encima de la bici. Hizo la ascensión a la entonces asombrosa velocidad de 20 km/h, pero tuvo que abandonar al día siguiente roto de dolor por los calambres. Tras aquella primera experiencia montañosa Desgrange, entusiasmado, sentencia: “A partir de ahora, nada es imposible. El Tour debe ser la más grande prueba de divulgación que haya habido jamás”. En 1906 la carrera realiza una breve incursión por los pequeños Alpes. Y en esta búsqueda continua de nuevos desafíos llegamos, cuatro años después, a un momento que cambió para siempre la historia del Tour de Francia, del ciclismo y del deporte. Y todo comenzó con una mentira...


Una mentira que cambió la historia
En enero de 1910 Henri Desgrange se reunió con sus colaboradores para planificar la octava edición de la carrera y buscar nuevos escenarios que aumentasen el interés por la misma. El periodista Alphonse Steinès soltó a bocajarro su propuesta: que la carrera cruzara los Pirineos, por aquel entonces una zona inhóspita, deshabitada, con caminos de tierra en ruinoso estado e incluso con osos campando a sus anchas por las cimas. “Usted está loco”, le espetó el patrón de la carrera. Pero Steinès era un tipo obstinado y, deseoso de añadir una nueva dimensión al Tour, insistió en su loca propuesta.

Desgrange sabía que las escasas incursiones por la montaña habían sido un gran éxito de público, pero a la vez temía que aquellos colosos pirenaicos (Peyresourde, Aspin, Tourmalet y Aubisque) fueran excesivamente duros para los ciclistas. Finalmente accedió con una condición: que su colaborador examinara el recorrido de la futura etapa y comprobara personalmente que aquellas carreteras eran transitables. Meses después, pasado el crudo invierno, Steinès alquiló un coche con chófer y viajó al sur de Francia, a lo que hasta entonces era territorio desconocido y salvaje. El Peyresourde y el Aspin los pudieron atravesar sin problemas, pero el Tourmalet, con su cima todavía cubierta por la nieve en primavera, no iba a resultar tan sencillo; de hecho, los nativos del lugar le intentaron disuadir de su idea.

Testarudo como pocos, Steinès no se amilanó. Ascendieron por aquel camino en pésimas condiciones hasta que, a cuatro kilómetros de la cima, la nieve y el hielo convirtieron la senda en totalmente impracticable. Entonces el chofer, asustado, se negó a continuar. “Dé usted la vuelta y espéreme en Barèges. Yo sigo a pie”, le dijo el intrépido reportero. Con la noche a punto de caer se aventuró, con zapatos de calle y un bastón en la mano, ladera arriba en busca de la cima. En medio de la más absoluta oscuridad, con la nieve cubriéndole las rodillas, andando entre barrancos y con el peligro de los osos al acecho, Steinès consiguió recorrer los cuatro kilómetros que le separaban de la cumbre e iniciar el descenso camino de aquella localidad.

Horas después, en plena madrugada, una batida organizada por el chófer le encontró exhausto, aterido de frío, en las inmediaciones de Barèges. Tras tomar un baño caliente y comer con voracidad, se aprestó a enviar un telegrama a París, a la atención de Henri Desgrange. La mentira, la gran mentira que cambió para siempre la historia del Tour de Francia, del ciclismo y del deporte: “Atravesado Tourmalet. Muy buena ruta. Perfectamente practicable”.


Noventa minutos de agonía
El 21 de julio de aquel 1910 el Tour iba a transitar por primera vez por esta montaña, como parte de una etapa infernal (Luchon-Bayona, 326 kilómetros), en la que se habrían de subir, uno tras otro, los cuatro grandes colosos pirenaicos, además de otros tres puertos de menor entidad (Soulor, Tortes y Osquich). A las tres y media de la mañana se da la salida, y al final de la avenida los corredores ya se encuentran con la primera dificultad montañosa. Tras superar el Peyresourde y el Aspin, dos ciclistas franceses se encuentran destacados a los pies del Tourmalet. Sobre un terreno de piedras y tierra, tardarán noventa minutos en ascender sus 17 kilómetros. Para Octave Lapize y Gustave Garrigou son noventa minutos eternos, de agonía y lucha contra lo desconocido.

El primero alterna tramos sobre la bicicleta con otros, los más duros, andando con ella a cuestas; el segundo se coloca de pie sobre los pedales una y otra vez, y se resiste a bajarse pese a que le cuesta mantener el equilibrio. Lapize pasaría a la historia como el primer ciclista que coronó este monstruo de más de 2.000 metros de altitud; Garrigou como el único que realizó toda la ascensión sin poner pie a tierra, lo que le valdría un premio de 100 francos. Son las siete y media de la mañana y aún les quedan 250 kilómetros por delante, con la ascensión al también temible Aubisque. En la cima de este puerto, al borde de la asfixia y con los músculos temblando de dolor, Lapize se baja de la bicicleta y lanzándosela a uno de los organizadores le grita con rabia: “Asesinos, sois unos criminales”.

Tras numerosos desfallecimientos y recuperaciones, el bigotudo Octave Lapize vence en Bayona derrotando en el sprint al italiano Albini. Eran las 17:40 de la tarde; había tardado 14 horas y 10 minutos en completar la etapa. Tras ellos fueron llegando, durante horas, el resto de los corredores, muchos de ellos en un estado tan lamentable que hubo que llevarlos en brazos a los albergues. El posterior día de descanso lo pasó el vencedor en su hotel de Bayona tumbado y metiendo sus destrozados pies en una palangana con sales y vinagre. A su lado, Gustave Garrigou lee en voz alta las inflamadas crónicas sobre la etapa pirenaica de Desgrange, Steinès y Lefévre en L´Auto.

Una semana después, Lapize -1,65 metros y físico robusto- se proclama vencedor del Tour de Francia 1910. Sargento de aviación en la Primera Guerra Mundial, el francés encontró la muerte el 14 de julio de 1917 cuando el avión que pilotaba cayó abatido sobre Verdún. En su cuerpo se encontraron cinco balas alemanas. Una le había atravesado el corazón, el mismo corazón fuerte y poderoso que impulsó a sus piernas a hacer historia sobre las rampas del Tourmalet. Y desde aquella primera ascensión han pasado ya cien años, y este gigante pirenaico se ha convertido en el puerto más frecuentado por el Tour (se ha ascendido en 81 ocasiones), en escenario de hazañas sublimes y descomunales flaquezas, en la montaña más emblemática de esta prueba, pese a no ser la más alta, ni la más larga, ni la más dura.


Forjando una leyenda
El Tourmalet se puede ascender por dos vertientes, hasta llegar a los 2.115 metros de altitud de su cima: por Saint Marie de Campan, la ruta más conocida, donde se encuentra la estación de esquí de La Mongie, y por Barèges, de carretera algo más estrecha. En el primer caso, son 17,2 kilómetros de subida con una pendiente media del 7,4% de desnivel; en el segundo, 19 kilómetros también al 7,4%. Por ambas carreteras, los ciclistas se encuentran rampas con un desnivel superior al 11%.

Y si duro y difícil es el ascenso no menos peligrosa es la bajada, toda una pesadilla para los ciclistas no muy duchos en la técnica del descenso. Bajando esta montaña, en 1969, Eddy Merckx empezó una de las más portentosas exhibiciones que jamás se hayan visto en la historia del ciclismo [17ª etapa: Luchon-Mourenx. Siendo ya líder destacado, y tras una cabalgada en solitario de 140 kilómetros, aventajó en ocho minutos a sus más inmediatos perseguidores: Pingeon, Poulidor, Gimondi…; El Canibal en estado puro]. Bajando esta montaña, en 1991, Miguel Induráin empezó a ganar el primero de sus cinco Tours [13ª etapa: Jaca-Val Louron, 232 kilómetros y cinco puertos. El navarro realiza un descenso vertiginoso del Tourmalet que le deja solo en cabeza de carrera; con el Aspin y Val Louron en el horizonte decide esperar a Claudio Chiappucci, y juntos inician una cabalgada que le daría su primer maillot amarillo]. Tan decisivo en la subida como en la bajada, esta montaña no perdona a los débiles.

Son tantas y tantas las escenas épicas vividas en sus rampas (Ottavio Bottecchia en 1924, Lucyen Buysse con la cima nevada en 1926, Gino Bartali, Fausto Coppi, Jean Robic, Bahamontes, quien lo coronó destacado en cuatro ocasiones, Merckx, Van Impe, Pedro Delgado…) que nos resulta imposible recordarlas todas en este artículo. Sí nos detendremos, sin embargo, en lo ocurrido en el Tour de 1913, un episodio que ilustra a la perfección la dureza de aquel ciclismo heroico. Tras pasar el Tourmalet en segunda posición, el francés Eugene Christophe se percata de que se le ha roto la horquilla de su bicicleta. No quiere abandonar (todos los compañeros de su equipo se habían conjurado para llegar a París) y según el reglamento de la época él mismo debía reparar la máquina, así que no le queda más remedio que cargarla sobre el hombro y descender a pie 14 kilómetros hasta llegar a la herrería de Saint Marie de Campan.

Sin poder recibir ayuda del herrero, Christophe, que es mecánico, se pone a la forja y arregla su bicicleta antes de reemprender la marcha, cuatro horas después de haber coronado el Tourmalet. Había llegado a ser el líder virtual de la carrera y se quedó sin opción alguna; aún así, tras subir en solitario el Aspin y el Peyresourde, entra en meta con el control abierto. Finalmente, terminó séptimo en París. Una placa en aquel edificio de Saint Marie de Campan conmemora su voluntad de hierro.

Esta edición de 2010, para recordar el centenario de su descubrimiento para el ciclismo, la Grande Boucle subirá dos veces al Tourmalet, la segunda de ellas como final de la 17ª etapa. Es el homenaje que ha preparado la organización a una montaña cuyas rampas están impregnadas de la mejor épica y leyenda ciclista, una montaña que cambió para siempre la historia de este deporte y que convirtió al Tour de Francia en una carrera inmortal.


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sábado, 26 de junio de 2010

Adidas-Puma: la guerra cainita de los Dassler

Adolf contra Rudolf, Adidas contra Puma… Dassler contra Dassler. La historia de estos dos gigantes de la industria del material deportivo es la historia de la lucha cainita entre dos hermanos que llevaron al límite su odio y una batalla comercial sin escrúpulos. Todo comenzó hace casi un siglo, en el lavadero de una casa de un pequeño pueblo alemán.


Herzogenaurach es un tranquilo pueblo medieval de calles empedradas, de 24.000 habitantes, situado en la zona central de Alemania, a escasos kilómetros de Nuremberg. En una casa de esta pequeña localidad se inicia nuestra historia, la de dos hermanos que empezaron siendo socios en un prospero negocio de calzado deportivo y terminaron enfrentados por motivos personales, políticos y comerciales hasta conformar una rivalidad sin igual en la historia del deporte. De aquella lucha sin cuartel nacerían las dos mayores empresas europeas de material deportivo: Adidas y Puma.

Todo comienza en 1920 cuando el joven Adolf Dassler, un apasionado del deporte, diseña sus primeras zapatillas específicas para correr, con suela de cuero y clavos forjados a mano. La fabricación de estos primeros modelos, en colaboración con su hermano Rudolf, era totalmente artesanal y para ello utilizaban una cortadora de cuero, que funcionaba a pedales, en el lavadero de la casa de su madre.

Aquel rudimentario artilugio y sus primeros diseños dieron origen en 1924 a la fundación de la Gebrüder Dassler Schuffabrik, la fábrica de zapatos de los hermanos Dassler, que pronto se convirtió en un referente en el mundo del deporte. Durante dos décadas Adolf (conocido por sus allegados como Adi) y Rudolf trabajaron juntos. El primero era un artesano introvertido y escrupuloso, cuya máxima obsesión era fabricar el mejor calzado para los deportistas; el segundo, más extrovertido y sociable, era un excelente comercial. Tenían personalidades muy diferentes, se complementaban, y eso les llevó en un primero momento al éxito. La clave: la buena calidad en los materiales, zapatillas de resistencia extrema y, con el tiempo, modelos especializados para cada actividad deportiva.

En 1932 diseñan las primeras zapatillas de atletismo de larga distancia, con bandas de cuero clavadas en diagonal en la suela. Cuatro años después, Jesse Owens triunfa en los Juegos Olímpicos de Berlín calzando un modelo de los hermanos Dassler, de bajo corte y con clavos estratégicamente situados en la suela para ganar adherencia a la pista. Era la primera vez que se marcaba claramente la diferencia entre zapatillas de atletismo para pista y para pruebas de larga distancia. La marca de los Dassler alcanzó su mayor esplendor bajo el régimen nazi, pero ya entonces habían comenzado las diferencias entre los hermanos.



Dassler contra Dassler
Unos años antes, Adi se había casado con Käthe, una mujer fuerte e inteligente que pronto se implicó a fondo en el negocio, lo que provocaría tensiones y algunos enfrentamientos con Rudolf. Sin embargo, fue durante la II Guerra Mundial cuando el distanciamiento sería definitivo. Por orden del III Reich, la fábrica familiar se reconvierte en un taller de tanques y repuestos de lanzamisiles, y Adi se libra de empuñar las armas para hacerse cargo del reconvertido negocio, mientras que Rudolf –convencido de la causa nazi- es enviado al frente en Polonia. Esta diferencia de trato causó un gran malestar al hermano mayor.

Años después, cuando los aliados liberan Herzogenaurach, Rudolf es encarcelado durante un año acusado de pertenecer al servicio de inteligencia de las SS; siempre culpó a su hermano de haberle traicionado. Entonces la ruptura ya era definitiva y absolutamente irreversible. El odio entre ellos era tan fuerte que resultaba del todo imposible que pudieran volver a trabajar juntos. Diferentes caracteres, diferentes ideas políticas, diferentes ambiciones empresariales... En octubre de 1948 Rudolf funda Dassler Puma a un lado del río Aurach; Adi mantuvo las instalaciones originales de la fábrica pero rebautizó su empresa. El 18 de agosto de 1949 registra legalmente el nombre de Adidas, que surge del diminutivo de su nombre (Adi), más la primera sílaba de su apellido (Das).

Con los años, ambas empresas se han convertido en dos colosos empresariales mundialmente reconocidos, y han calzado y vestido a las mayores estrellas del deporte: Adidas a Bob Beamon, Cassius Clay, Dick Fosbury, Beckenbauer, Tim Duncan, Beckham o Messi, entre otros muchos; Puma a Pelé, Guillermo Vilas, Maradona, Boris Becker o Usain Bolt. Adidas –que sigue teniendo su sede central en las afueras de Herzogenaurach, en una antigua base militar- da trabajo en la actualidad a 29.000 personas en todo el mundo (contando también a Reebok y Taylor Made, las otras dos empresas del grupo) y tuvo unos ingresos en 2009 de 10.350 millones de euros. Puma, por su parte, cuenta con 9.200 empleados y facturó 2.460 millones de euros el pasado año.



Un pueblo dividido en dos
Pero volvamos a finales de la década de los 40. El enfrentamiento de los Dassler fue también el enfrentamiento de todo un pueblo. A partir de entonces Herzogenaurach quedó dividido en dos bandos hasta extremos realmente grotescos; el río Aurach hacía de frontera entre ambos. Esta localidad llegó a ser conocida como “la ciudad de los cuellos doblados” ya que era costumbre entre la gente doblar la cabeza para ver qué calzado llevaba su contertulio antes de iniciar una conversación.

Casi todo el pueblo tenía relación directa, de una u otra forma, con una de las dos marcas. Así, los trabajadores y fieles de una iban a distintas tiendas y bares que los de la otra, y los hijos de unos no iban a las mismas escuelas ni jugaban con los de los otros. También se fundaron dos clubes de fútbol, cada uno con su propio estadio, separados por unos centenares de metros: el RVS, auspiciado por Adidas, y el FC Herzogenaurach, patrocinado por Puma. En definitiva, o eras Adidas o eras Puma, en una especie de “apartheid” pedestre.

Hay que reconocer, sin embargo, que la marca de las tres bandas, como se conoce a Adidas, siempre llevó ventaja si hablamos de números, ventas y facturaciones. En la década de los 50 y los 60 fue pionera en muchos aspectos del marketing deportivo, y todo gracias a las novedosas ideas que introdujo en la compañía Horst Dassler, el hijo de Adolf. En los Juegos Olímpicos de Melbourne 1956 regaló zapatillas de su marca a un buen número de atletas, que a partir de entonces empezaron a calzarlas. En la actualidad esto es algo muy habitual –incluso pagar altas sumas de dinero a las estrellas por calzar determinados modelos-, pero en aquella época, en la que la mayoría de los atletas debían pagar su propio material y muchos corrían toda la temporada con el mismo par de zapatillas, fue toda una revolución.

Esta novedosa técnica de promoción, unida a la calidad del calzado de Adidas, les garantizó durante años una posición dominante en el mundo del atletismo. Horst Dassler, muy carismático y todo un emprendedor, relanzó definitivamente la marca: firmó pactos con numerosas federaciones, llegó a acuerdos con las mayores estrellas, vendió los eventos deportivos más importantes a grandes multinacionales… Muchos le consideran el padre del marketing deportivo tal como lo entendemos hoy en día.




El pacto de Pelé
Ni siquiera con los herederos al mando acabaron los enfrentamientos y traiciones entre ambas compañías. Uno de los episodios más rocambolescos sucedió con motivo del Mundial de futbol de México 1970 y tuvo a Pelé como protagonista. Pocos meses antes del campeonato, Horst y Armin -hijos de Adi y Rudolf y herederos de ambos imperios-, sellaron el llamado “pacto de Pelé”, según el cual ninguna de las dos empresas haría oferta alguna al futbolista para no entrar en una guerra de precios que no les interesaba. Pero como entre enemigos los pactos están para no cumplirlos, Armin viajó pocos días después al domicilio del astro brasileño para hacerle una oferta irrechazable: vestiría de Puma a partir de dicho Mundial, y durante cuatro años, a cambio de 125.000 dólares más una comisión del 10% sobre las ventas de las botas que llevarían su nombre.

Además, acordaron con el jugador escenificar un golpe de efecto para promocionar sus productos. En uno de sus partidos del Mundial, justo antes del saque inicial, le pediría al árbitro permiso para atarse una de las botas que, casualmente, estaría desabrochada. Entonces el astro brasileño se arrodillaría y se las ataría muy lentamente, de manera que durante unos segundos el primer plano de sus personalizadas Puma King ocuparía las pantallas de millones de hogares en todo el mundo. Para Adidas, fue una traición imperdonable y juraron no volver a firmar acuerdo alguno con sus odiados enemigos de sangre.

Durante décadas, la disputa de los Dassler resultó ser una especie de motor para el funcionamiento y desarrollo de la industria del material deportivo. Pero el odio que se profesaron –ellos y sus descendientes- llegó hasta extremos casi inhumanos. Cuando el 6 de septiembre de 1976 fallecía el fundador de Puma, desde la empresa rival se limitaron a emitir la siguiente nota: “Por razones de piedad humana, la familia Adolf Dassler no hará comentario alguno sobre la muerte de Rudolf Dassler”. Cuatro años después fallecía Adi, y su tumba se colocó en el cementerio de Herzogenaurach lo más lejos posible de la de su odiado hermano. Tan separados en muerte como lo estuvieron en vida.

En la actualidad la guerra entre estas dos marcas rivales es historia. En las últimas décadas –y tras diversos avatares económicos y empresariales- ambas compañías han roto lazos con los herederos de sus fundadores, para llevar a cabo una gestión más profesionalizada, alejada totalmente de aquellas disputas personales. Resulta curioso saber, sin embargo, que el único miembro de la saga que continua ligado a alguna de las dos empresas es Frank Dassler, nieto del fundador de Puma… quien trabaja para Adidas. Como reza el lema de la marca de las tres bandas, impossible is nothing.

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lunes, 7 de junio de 2010

Raymond Lewis: la leyenda fantasma

Continúa siendo una leyenda entre los más entendidos del baloncesto aunque jamás disputara un solo partido como profesional. Era un anotador compulsivo, un superclase de este deporte, pero su vida acabó siendo una gran tragedia. Esta es la historia de lo que pudo haber sido y no fue, la historia de un talento descomunal malogrado por un carácter extraño, un cúmulo de decisiones equivocadas, incomprensiones y un misterioso boicot deportivo. Es, en definitiva, la cruel historia de Raymond The Phantom Lewis (1952-2001).


Fue objeto de artículos en revistas especializadas como Sport Illustrated, Slam, Bounce o Reverse, y en los más prestigiosos diarios deportivos norteamericanos. Y es que nuestro protagonista llegó a ser considerado uno de los más grandes jugadores de baloncesto que jamás haya existido. “En Los Ángeles es una leyenda. Si dices Raymond a alguien que sepa un poco de baloncesto te responderá inmediatamente Lewis. Si le dices Lewis, te responderá Raymond”, manifestó en 1978 a la revista Sports Illustrated Bob Hopkins, entonces entrenador asistente de los New York Knicks. Raymond Lewis fraguó su leyenda a base de actuaciones descomunales; sin embargo, nunca llegó a jugar en la NBA y murió a los 48 años de edad, sólo, enfermo (con una pierna amputada) y en la más absoluta de las miserias.

“Ha sido, probablemente, el mejor jugador que nunca jugó en la NBA -dijo en una ocasión Donny Daniels, compañero suyo en Verbum Dei y entrenador asistente de UCLA años después-. Era impresionante, un adelantado a su tiempo. Lo que Isaiah Thomas hacía y lo que ahora hacen Iverson o Marbury, ya lo estaba haciendo Lewis en los años 70”. Lorenzo Romar, jugador de los Golden State Warriors durante cuatro años, tuvo que defender a profesionales de la talla de World B. Free, Sidney Moncrief o Isaiah Thomas: “Pero Raymond era más difícil de parar que cualquiera de ellos. Todos los que le han visto coinciden en decir que hubiera sido un gran jugador de la NBA. Es realmente triste que nunca llegara a serlo”.

Quienes le vieron jugar no pueden olvidar su talento. Su manejo de balón era prodigioso (cuentan que era imposible quitárselo de las manos); su gama de tiros, ilimitada; sus lanzamientos a canasta, indefendibles. Además, era muy rápido –algo de lo que se aprovechaba en sus frecuentes cambios de dirección- y de una agilidad felina. Era, sencillamente, una máquina de anotar. “Nunca vi a nadie jugar el uno contra uno como lo hacía él. Nunca vi a nadie que pudiera pararle ni detener sus penetraciones. Fue el mejor jugador de baloncesto que jamás haya visto”, escribiría en 2005 el prestigioso entrenador universitario Jerry Tarkanian en su libro Runnin´ Rebel.

Una máquina de anotar
Nacido el 3 de septiembre de 1952 en Los Ángeles, su infancia quedó marcada por los graves disturbios raciales ocurridos en agosto de 1965 en el deprimido distrito de Watts, en el que malvivía con su familia, y que se saldaron tras seis días de batalla con 34 muertos, casi todos de raza negra. Entonces Raymond era un chiquillo de 12 años que quedó impactado para siempre por tanta violencia desatada, por la crueldad de la policía, por la sangre y los negros cadáveres tirados por las calles… A partir de entonces, su gran objetivo fue salir cuanto antes de la miseria del guetto de Watts. Lewis, un chico introvertido, se refugió más todavía en el baloncesto, deporte para el que mostraba un asombroso talento. Jugaba interminables uno contra uno con su hermano mayor en una improvisada canasta, construida con un neumático de camión colgado con cuerdas a la pared. Como ocurriera con otros grandes jugadores, su afán de superación y su carácter se forjó a base de derrotas contra un hermano de mayor edad. Cuando fue capaz de ganarle por primera vez, supo que ya nadie podría pararle.

Al ingresar en el Instituto, y gracias a sus habilidades con el balón, era ya una celebridad en Watts. “Ningún tío que haya jugado a esto fue tan bueno como Raymond. Cuando le veías con el balón parecía como si él midiera nueve pies y el resto tan sólo dos”, señalaría años después su gran amigo Dwight Slaughter. Entre 1969 y 1971 conduce a Verbum Dei a tres títulos consecutivos de la CIF (Federación Interescolar de California), logrando un récord global de 84-4 y siendo nombrado jugador del año en dos ocasiones. Es la gran estrella de su high school y del baloncesto escolar en la región, por lo que más de 200 universidades, incluidas algunas de las más prestigiosas del país, le ofrecen becas para incorporarle a sus filas. Jerry Tarkanian, entonces entrenador en Long Beach State, fue uno de los que más empeño puso en contar con sus servicios: “Puedes coger a los cinco mejores jugadores defensivos de la NBA que no podrían parar a este chico”, dijo entonces fascinado por su juego. Sin embargo, Lewis rechaza a Tarkanian y se decanta finalmente –parece ser que con algún regalo de por medio, algo ilegal en el baloncesto universitario- por Los Angeles State, también conocida como Cal State o CSLA.

Su llegada al baloncesto universitario supuso toda una revolución. Ya en su primer año pulveriza todo tipo de registros, finalizando la temporada con un promedio anotador de 38,9 puntos por partido y un 60% de acierto en los tiros, algo espectacular para un escolta/alero de 1,85 metros que raramente pisa la pintura. Lideró con 41 puntos (19 de 23 en tiros de campo) la sorprendente victoria de su equipo ante la todopoderosa UCLA, que llevaba 26 victorias consecutivas. Pero el punto más álgido de su hazaña lo protagoniza meses después cuando en dos partidos consecutivos es capaz de anotar 50 puntos contra San Diego State y 73 contra UC Santa Barbara. Aquel día su equipo ganó 103-88 y Lewis firmó números de otra galaxia: 30 de 40 tiros de campo (75%) más 13 tiros libres sin fallo. Hay que recordar que entonces no existían las canastas de 3 puntos.

En su segundo año en CSLA baja un poco sus registros aunque se sigue mostrando como un anotador compulsivo. Finaliza como segundo máximo encestador de la competición promediando 32,9 puntos, a los que añade 4,9 asistencias por partido, y protagoniza uno de los momentos estelares de la temporada al firmar 53 puntos en el triunfo de su equipo ante la todopoderosa Long Beach State de Tarkanian. La NCAA pronto se le quedó pequeña.

Un error tras otro
Desde su época en el instituto, Raymond Lewis sólo tiene en mente llegar a la NBA y empezar a ganar dinero. Por eso, el paso por la Universidad es para él un mero trámite, una necesaria parada en el camino antes de llegar a donde realmente pretende: el baloncesto profesional. Estudiante mediocre y de carácter en ocasiones conflictivo, tenía muy claro que aprovecharía la primera ocasión que le surgiera para dar el salto a la mejor liga del mundo; y la ocasión llegó en el verano de 1973 gracias a la hardship clause. Dos años antes la NBA había instaurado el llamado hardship draft, una excepción al draft tradicional que permitía que jugadores no graduados con dificultades en los estudios pudieran declararse elegibles para ingresar en la liga profesional. Las franquicias NBA recelaban –por su supuesta conflictividad- de los jugadores que engrosaban esta “lista maldita”, pero Lewis estaba tan convencido de sus posibilidades que prefirió apuntarse entonces vía hardship draft antes que intentar agotar su periodo universitario y garantizarse un mejor puesto en la elección.

Philadelphia 76ers venía de una temporada vergonzante, en la que firmarían el peor récord de la historia de la NBA (9-73), y contaban con la primera y la última elección de la primera ronda de aquel draft (puestos 1 y 18). Su primera elección fue Doug Collins, escolta All-American, integrante del equipo olímpico en Munich´72 y estudiante ejemplar, que venía de promediar 29,1 puntos en sus tres temporadas en Illinois State. Sorprendentemente Raymond Lewis, el mayor talento puro de aquel draft del 73, estaba todavía libre cuando le tocó hacer a Philadelphia su segunda elección. Un cierto desconocimiento de su verdadero potencial deportivo y, sobre todo, las dudas que generaba su carácter, hacen que 17 franquicias obvien a Lewis, quien resulta elegido por los Sixers en el puesto 18. Ningún jugador apuntado a la hardship había alcanzado antes una elección tan alta; sin embargo, aquel puesto supone una enorme decepción para él. Herido en su orgullo, juró demostrar a todas aquellas franquicias que se habían equivocado.

Solitario, desconfiado, impulsivo, visceral y con tan sólo 20 años de edad, Raymond Lewis encadenó en los siguientes días una terrible secuencia de errores que marcarían para siempre su vida. No tenía agente (no le gustaba esta figura ni se fiaba de ninguno), así que sin ningún tipo de asesoramiento firmaría lo que creyó ser un contrato garantizado de 450.000 dólares por tres años. Pronto descubrió que no era así y que sólo tenía garantizados 50.000, 55.000 y 60.000 dólares para cada una de sus tres temporadas; el resto eran bonus y cantidades no garantizadas que dependían de condiciones futuras.

Al tiempo, habían comenzado los training-camp de los Sixers y Lewis, literalmente, se salió. Humilla a Doug Collins en los pocos entrenamientos de pretemporada que comparten, llegando a anotar 60 puntos contra él… ¡en la primera mitad de uno de esos partidillos! El entrenador, Gene Shue, tuvo que suspender el partido para que el número 1 del draft no se sintiera más avergonzado por Lewis. Poco después, endosaría 52 puntos a un equipo de jugadores suplentes y rookies de Los Angeles Lakers. Los medios de comunicación de Philadelphia, entusiasmados, se dan cuenta de que su potencial es muy superior al de Collins. “Raymond Lewis podría ser la mejor elección que Philadelphia ha hecho desde Billy Cunningham”, escribiría un periodista local. Y en contra de lo que toda lógica indicaría, en este momento empezaron los problemas para nuestro protagonista, demasiado obsesionado con el dinero y, al mismo tiempo, sin los conocimientos ni la diplomacia necesarios para saber moverse en el complicado mundo de los negocios.

Boicot y listas negras
Habiendo demostrado ser más determinante que Collins, no aceptaba que le ofrecieran un salario muy inferior y, sintiéndose engañado, forzó al máximo para renegociar lo firmado, algo a lo que se negaron los directivos de la franquicia, muy molestos con las exigencias y la actitud desafiante del jugador. Lewis empezó a ausentarse de algunos entrenamientos y fue inmediatamente expulsado del training camp de los Sixers y suspendido de empleo y sueldo para toda aquella temporada 1973-74. Airado, regresa a su casa de Watts, donde se encierra deprimido. Pero la venganza del equipo de Philadelphia no acabaría ahí, ya que ante su “espantada” deciden suspenderle definitivamente por cada uno de los tres años que tenía firmados. En el otoño de 1974, Lewis entrena con los Utah Stars de la liga ABA, equipo que se muestra muy interesado en contar con sus servicios. Sin embargo, los Sixers notifican a los Stars que corrían el riesgo de una demanda si firmaban a un jugador que aún tenía contrato con ellos. Según le dijeron, durante tres años no jugaría con ningún equipo profesional.

En 1975 se produce un cambio de manager general en los Philadelphia 76ers, quienes intentan recuperar a Raymond Lewis para el equipo. Pero el odio hacia la franquicia anidaba ya en el corazón de The Phantom (sobrenombre con el que se le empezó a conocer en esta época), quien ciego de orgullo volvió a rechazar la nueva oferta por considerarla una limosna. Durante estos años Lewis seguiría combatiendo sus frustraciones a través del baloncesto, aunque muy alejado de los focos, el dinero y el glamour de las ligas profesionales. Entonces no hubo parque, escuela de secundaria, universidad de California o Liga de Verano que no fuera testigo de su talento y voracidad anotadora. En aquella época se convirtió en toda una leyenda del playground (baloncesto en la calle).

A partir del verano de 1976, libre ya de su compromiso contractual con los Sixers, estaría a prueba en varios equipos de la NBA, siempre con promedios de anotación espectaculares, por encima incluso de los 50 puntos por partido, y siempre dando muestras de un talento inigualable. Pero, todo un misterio, jamás llegó a firmar por ningún equipo. En algunas ocasiones, ni siquiera llegaba a recibir oferta alguna; en otras, las menos (por ejemplo, los San Diego Clippers en 1978), eran ofertas por la cantidad mínima que marcaba la liga, algo que Raymond consideraba un insulto a su talento. De repente, el teléfono dejó de sonar, las oportunidades dejaron de llegar; simplemente, dejó de existir para todos los equipos de la liga. Pronto comprendió que había sido vetado y que sus oportunidades de ser un profesional del baloncesto se habían esfumado para siempre. Oficialmente nadie lo reconocerá jamás, pero son muchos quienes piensan que el nombre de Raymond Lewis pasó a formar parte de alguna lista negra.

En 1995 el periodista Paul Feinberg escribió para la revista especializada Slam un completo artículo sobre su figura, que volverían a publicar, ampliado, en 2003, poco después de su muerte. En esta reedición Feinberg escribía lo siguiente: “¿Existía realmente esa lista negra? Tengo mis dudas, pero donde no me cabe ni una sola es que en efecto Ray Lewis fue vetado. Fue vetado por todos aquellos tipos con quienes se encontró y no hicieron justicia deportiva a su rendimiento, por todos aquellos entrenadores que le explotaron sabiendo que no le iban a ayudar lo más mínimo, por un equipo que le prohibió renegociar simplemente su contrato cuando el chico apenas contaba 20 años y ninguna formación real. Por todos aquellos que sabiendo que venía de un ghetto remoto actuaron de forma sucia y arrogante con él. Lewis sí tiene parte de responsabilidad en lo que le pasó, pero no toda”.

Leyenda del playground
Pese a todo, The Phantom siguió jugando porque el baloncesto era su vida. De esta época se cuentan innumerables hazañas suyas: que en 1981 promedió 54 puntos por partido en la muy respetada Los Angeles Summer Pro League, liga de verano en la que participaban numerosos jugadores de la NBA; que en 1983 anotó 81 puntos en uno de estos enfrentamientos; que en un solo día llegó a disputar 30 partidos callejeros de uno contra uno en Los Ángeles, algunos contra jugadores NBA, ganándolos todos… Incluso años después Michael Cooper -el gran especialista defensivo de los Lakers del showtime- reconocería en una entrevista que Lewis llegó a anotar contra él 56 puntos… en tan sólo tres cuartos de partido en una liga de verano.

Todos estos datos no hicieron más que agrandar su leyenda. La leyenda de un hombre que nunca supo encauzar su carrera profesional por el buen camino y que, poco después, iniciaría su particular caída a los infiernos, acelerada por el alcohol y las drogas. Raymond Lewis malvivió durante años, sin dinero y sin trabajo, en la humilde casa de Watts en la que se había criado. A finales del año 2000 contrae una grave infección en su pierna derecha y los médicos le advierten que para salvarla es necesario amputar, algo a lo que en principio se niega. Lo único que le mantenía vivo era el baloncesto, y sin una pierna no podría seguir jugando. Tanto se resiste que para cuando se deja intervenir ya es demasiado tarde; falleció el 11 de febrero de 2001 a consecuencia de aquella infección.

Con un poco de suerte, con un poco de cabeza, la historia de The Phantom hubiese sido bien diferente. Una disputa contractual y un cúmulo de decisiones equivocadas impidió a los amantes del baloncesto verle jugar en la mejor liga profesional del mundo. Sin embargo, el recuerdo del más grande tirador que haya salido de las calles de Los Ángeles continua vivo. Quienes alguna vez le vieron desplegar toda su magia sobre una cancha de baloncesto jamás podrán olvidarlo.


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lunes, 24 de mayo de 2010

El dios de los pies descalzos

La imagen de sus pies desnudos, golpeando una y otra vez el asfalto de la capital italiana, reposa para la eternidad en el archivo de los momentos inolvidables de la historia del deporte. El etíope Abebe Bikila saltó a la fama en los Juegos Olímpicos de Roma 1960 al vencer en la prueba de maratón… corriendo descalzo. En este artículo repasamos la historia -gloriosa y dramática a partes iguales- del considerado por muchos mejor maratoniano de todos los tiempos.


La prueba del maratón cerraba el programa atlético de los Juegos Olímpicos de Roma 1960. Se había programado de noche para evitar las altas temperaturas del tórrido verano romano. En la línea de salida los favoritos eran el ruso Popov y el marroquí Rhadi Ben Abdeselem, mientras que la gran sensación era un desconocido atleta etíope, de nombre Abebe Bikila, que se presentó en la línea de salida con los pies desnudos ante la extrañeza general. En su país había corrido un par de maratones con buenos resultados, pero el resto del mundo apenas tenía noticias de él.

La carrera pasaba por todos los lugares emblemáticos de la capital italiana y miles de antorchas, encendidas en la oscuridad de la noche, le otorgaban un ambiente mágico. Hasta el kilómetro 30 domina la prueba el marroquí, quien mandaba en un reducido grupo de atletas. De repente, Bikila se coloca al frente del grupo imprimiendo un ritmo fuerte que sólo Rhadi pudo seguir. En los últimos kilómetros forzó aún más la marcha dejando atrás a su rival, para entrar triunfante por el Arco de Constantino, al pie del Coliseo, en un tiempo de 2h15:16, que suponía un nuevo récord mundial y rebajaba en ocho minutos el antiguo récord olímpico de Emil Zatopek.

Mucho se ha hablado sobre el motivo que llevó a Bikila a disputar descalzo aquella carrera. La realidad es que no se encontraba cómodo con ninguna de las zapatillas que le había suministrado el patrocinador del equipo, por lo que decidió correr descalzo, algo que hacía en ocasiones en sus entrenamientos. “Quería que el mundo supiera que mi país ha ganado siempre con determinación y heroísmo”, declararía después, añadiendo más épica al asunto.

La imagen de sus pies desnudos, golpeando una y otra vez el asfalto de la capital italiana, reposa en el archivo de los momentos inolvidables de la historia del atletismo. Su triunfo –por sorprendente y por la forma como se produjo- supuso todo un acontecimiento. Nunca antes un deportista africano se había proclamado campeón olímpico… nunca antes un desconocido había irrumpido con semejante fuerza en el panorama del atletismo… nunca antes nadie se había atrevido a correr descalzo una prueba de semejante envergadura. De repente, Bikila pasó a ser un héroe en su país, el orgullo de la África negra y toda una figura del deporte mundial.

Su victoria estuvo además cargada de un simbolismo que trascendía lo puramente deportivo. Quiso la casualidad, o el destino, que la línea de meta de aquella carrera estuviera situada justo debajo del Arco de Constantino, desde el cual habían partido 25 años antes las tropas de Mussolini para conquistar Etiopía en la Segunda Guerra Ítalo Abisinia. Y también quiso la casualidad, o quizá fuera el destino, que su ataque que rompió definitivamente la carrera se produjera al paso por el Obelisco de Axum, monumento etíope expoliado por las tropas italianas en aquella guerra.



Del ejército a la élite
Nacido el 7 de agosto de 1932 en Jato (localidad situada al sur de Etiopía), en el seno de una humilde familia campesina, Abebe Bikila dedicó su infancia y adolescencia a estudiar y ayudar a su padre, que era pastor, en las labores del campo. No empezó a correr en serio hasta que con 17 años se alistó en el ejercito etíope, ingresando poco después en el Cuerpo de la Guardia Imperial del Palacio Real de Addis Abeba. En el ejército empezó a destacar como atleta y allí conocería a una persona que resultó fundamental en su vida, el entrenador sueco Onni Niskanen (contratado por el gobierno de Etiopía para entrenar a sus atletas), quien supo ver y pulir el diamante en bruto que tenía entre sus manos convirtiéndole en el mejor maratoniano del momento.

El enjuto atleta (1,76 m, 57 kg) se dio a conocer en su país en 1956, con 24 años, cuando participó en los campeonatos nacionales de las Fuerzas Armadas, donde logró derrotar en los 5.000 metros al por entonces gran héroe nacional, Wame Biratu, dominador de todas las distancias del fondo etíope. Durante años ambos atletas mantendrían una sana rivalidad (eran grandes amigos), que casi siempre se decantaba del lado del veterano Biratu. Con una sola plaza en juego, Bikila derrotó a su amigo en la carrera que decidía quien correría el maratón en los Juegos Olímpicos de Roma. Cuenta la leyenda que ambos atletas pactaron la victoria de Abebe, ya que Biratu tenía plaza asegurada en los 10.000 metros. Sea como fuere, Bikila –todo un desconocido fuera de su país- se plantó en Roma, donde su coraje y fortaleza le consagraron a los más alto.

Aquella victoria le valió su ascenso a sargento en el ejército etíope y un anillo de diamantes. Sin embargo, en un país revuelto dominado por el absolutista Negus Haile Selassie, el último emperador etíope, se vio envuelto en un turbio asunto que a punto estuvo de costarle la vida. Como integrante de la Guardia Imperial, fue involucrado en un fallido intento de golpe de Estado en el que no tuvo parte activa. Junto con los otros conjurados, fue condenado a morir ahorcado, aunque el emperador le amnistío (era un héroe nacional) y reincorporó a filas, suerte que no corrieron el resto de los implicados.



Gloria y drama
Regresa a la alta competición en los Juegos de Tokio´1964 donde se consagraría definitivamente como una estrella olímpica. Bikila había seguido una preparación exhaustiva y minuciosa, pero la mala suerte se cruzó en su camino y a falta de cinco semanas para la prueba tuvo que ser operado de apendicitis. Así, sin apenas entrenamiento tras la convalecencia, se presentó en Tokio donde, esta vez calzando ya unas zapatillas, volvía a ganar el maratón olímpico con un tiempo espectacular (2h12:11), que rebajaba en más de tres minutos su propio récord mundial y que suponía correr a 19,152 km/h. De nuevo, y no sería la última vez en su vida, el dramatismo y la gesta caminaban de la mano en su trayectoria. Bikila se convertía así en el primer atleta en ganar dos medallas de oro en dicha prueba, hazaña sólo igualada después por el alemán Waldemar Cierpinski.

Todavía tomó parte en unos terceros Juegos Olímpicos (México´1968) pero, lejos ya de su mejor forma y con dolores en su pierna derecha, se tuvo que retirar en el kilómetro 17. Fue la última gran competición en la que participó antes de que la tragedia se cruzara en su camino. Un año después, sufría un grave accidente de coche cerca de Addis Abeba que le dejó paralizadas las extremidades inferiores, y que le condenó a vivir para siempre en una silla de ruedas. Aquel accidente ponía punto final a una trayectoria atlética impecable, que se tradujo en 15 maratones disputados, de los cuales acabó 13, ganando 12 de ellos.

El 25 de octubre de 1973, con 41 años de edad, una hemorragia cerebral acabó con la vida del “dios de los pies descalzos”, el precursor de los grandes campeones etíopes de la actualidad (Gebresselassie, Bekele, Dibaba, Tulu, Yifter…) Su recuerdo quedará imborrable en la memoria de todos los aficionados al atletismo y de sus conciudadanos, que en su honor pusieron su nombre al estadio nacional de Addis Abeba.


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jueves, 29 de abril de 2010

La lista de Gino

Dos Tours de Francia, tres Giros de Italia, más de un centenar de victorias, decenas de montañas conquistadas a golpe de pedal… Gino Bartali (1914-2000) fue uno de los más grandes ciclistas del siglo XX. Pero la biografía del bravo corredor toscano dio un vuelco radical tres años después de muerto, al salir a la luz su faceta más heroica. Era un ídolo nacional, un mito, y aprovechó esa fama en la Italia fascista de principios de los 40 para salvar la vida de cientos de judíos.


Gino el piadoso, Gino el hombre de hierro, Gino el fraile volador… Son sólo algunos de los apodos con que se conocía al ciclista toscano, profundamente religioso y de una descomunal fortaleza física y mental. Ganó el Giro de Italia en 1936, 1937 y 1946; en 1938 se impuso, aún estando enfermo, en el Tour de Francia, carrera que ganó de nuevo en 1948, cuando ya era conocido como Gino el abuelo. Nunca se conformaba con ser segundo y no había puerto de montaña que se le resistiera. El parón de más de un lustro en todas las competiciones deportivas por la Segunda Guerra Mundial impidió que su palmarés fuera mucho más amplio. Pese a ello, cerró sus 19 años de profesional con 124 victorias en todo tipo de carreras.

Pero el gran Gino, San Gino, escondía un secreto, secreto con el que se fue a la tumba el 5 de mayo de 2000 y que fue descubierto tres años después de manera casual, como se descubren las cosas importantes de la vida. Quiso el destino que en ese año 2003 Piero y Simona, los hijos de Giorgi Nissin, un contable hebreo de Pisa, encontraran el diario de su padre en el que narraba, con todo lujo de datos y detalles, el riguroso plan de salvación de judíos que ideó y dirigió en la Italia fascista de principios de los 40, en una especie de versión italiana de La lista de Schindler. Y en aquel diario aparecía de manera inequívoca el nombre de Gino Bartali, quien jugó un papel fundamental en toda esta historia.

¿Quién mejor que un ciclista de su fama, todo un mito nacional, un campeón orgullo de su país, para convertirse en el portador de documentos comprometedores y pasaportes falsos? Bartali, quien se había introducido en la red clandestina de Nissim, de profundas raíces católicas, recorría las carreteras de media Italia realizando sus entrenamientos a la vez que llevaba escondidos en su bicicleta, ocultos bajo el asiento o en el interior de los tubos de su Legnano roja y verde, tan sensibles documentos, gracias a los cuales cientos de judíos italianos perseguidos (se calcula que unos 800) pudieron “cambiar de identidad” y librar la muerte.


Pedaladas solidarias
En estas largas travesías en bicicleta que -mitad entrenamiento, mitad misión humanitaria- realizó entre 1942 y 1944, el campeón italiano llevaba su nombre visiblemente escrito en el maillot para que los oficiales fascistas no tuvieran la tentación de registrarle o arrestarle. Fue detenido en varias ocasiones en los puestos de control rutinarios, pero casi siempre lograba convencerles de que no había nada de extraño en pasearse en bicicleta por aquellas carreteras en plena Guerra Mundial. “Tengo que entrenarme para mantener la forma y poder defender a mi país en las competiciones futuras”, les decía. En un principio, su popularidad le otorgó un alto grado de indulgencia, y con frecuencia la conversación derivaba amigablemente hacia cuestiones ciclistas.

En una ocasión, sin embargo, fue conducido a Villa Trieste, como se conocía al acuartelamiento fascista de Florencia, donde acostumbraban a realizarse duros interrogatorios y torturas. Su actitud en esas largas cabalgadas sobre la bicicleta y su conocida cercanía a ciertos grupos católicos habían despertado las sospechas de los camisas negras. “Nadie puede impedirme montar en bicicleta”, les dijo Bartali, quien prosiguió algunos meses más con su labor de correo clandestino. Siempre dijo sentirse obligado a cumplir con el precepto cristiano de ayudar al prójimo, aunque tuviera que arriesgar su vida en el empeño.

La red clandestina y salvadora de Giorgio Nissim funcionaba gracias a la cooperación del arzobispo de Génova, de diversas órdenes de religiosos y monjas, y de la Acción Católica, entre cuyos miembros más comprometidos se encontraba, desde 1935, el campeón italiano. La salvación de estos cientos de judíos perseguidos se produjo por la solidaridad de empresarios, religiosos y miembros de la resistencia, pero no hubiese sido posible sin la labor de postino, sin las pedaladas solidarias, del gran Gino, San Gino.




Bartali el piadoso
Nacido el 18 de julio de 1914 en Ponte a Ema, localidad cercana a Florencia, el joven Gino llegó al mundo del ciclismo de forma casual. Mientras estudiaba el Bachillerato, su padre le convenció para que trabajase después de las clases en las oficinas de un vecino, Óscar Casamonti, dueño de un comercio de bicicletas. Como pago por su trabajo le regaló una bicicleta y le convenció para que empezara a participar en pruebas ciclistas, en las que pronto destacó gracias a sus extraordinarias condiciones físicas.

Educado de manera muy religiosa, siempre se comportó con una admirable bondad, que ejercía de forma discreta. Así, defendió a Giovanni Valetti, campeón del Giro en 1938 y 1939 y declarado comunista, de una agresión por parte de fascistas, e incluso ayudó a sacarlo de la cárcel, donde fue enviado por sus ideas. Siempre dormía con una imagen de la Virgen en la cabecera de su cama y construyó una capilla en su honor. Educado, amable y solícito con todos, en una ocasión contestó así a un periodista que le preguntaba el porqué de su comportamiento: “Así se acordarán de mí y, cuando esté solo en mi tumba, con todo el tiempo para descansar, vendrán a darme conversación para que no me aburra”.

Bartali aprovechaba cualquier ocasión para dejar constancia de su fe. En 1937, con sólo 23 años, debutó en el Tour de Francia después de haber conquistado ya dos Giros de Italia. Tras una espectacular victoria en Grenoble, con exhibición incluida en la subida al Galibier, se enfundó el maillot de líder. Pero al día siguiente, en una dura etapa de montaña, se cae por un barranco y acaba en un río, llegando a la meta con más de 15 minutos de retraso. Esa caída le obligaría a abandonar, pero lejos de mostrarse contrariado por el accidente, da gracias a Dios: “Estaba conmigo. Sin él, mi caída pudo haber sido más grave”.


Coppi-Bartali: un duelo de leyenda
En 1940 irrumpe con fuerza en el panorama ciclista mundial un joven Fausto Coppi, quien gana su primer Giro corriendo en el mismo equipo que el consagrado Bartali. Entonces se inicia una rivalidad única que divide a la afición italiana. El veterano contra el joven; el ciclista inteligente y calculador contra toda una furia desatada sobre la bicicleta; el devoto de Dios votante de la Democracia Cristiana contra el ateo e izquierdista; el hombre tranquilo de vida intachable contra el irreverente de vida disoluta, según los cánones de la conservadora sociedad italiana de entonces. En definitiva, Gino contra Fausto, Bartali contra Coppi, un duelo de antagonistas sin igual en la historia del deporte. Ambos compitieron durante una década por las mismas carreras, las mejores del mundo; protagonizaron duelos épicos en las más empinadas montañas; fueron rivales encarnizados en la carretera y, sin embargo, amigos fuera de ella.

Bartali siguió compitiendo hasta finales de 1953. En esa temporada, con 39 años, aún fue capaz de ganar por quinta vez la Vuelta a la Toscana y la Vuelta a Reggio-Emilia. Pero el 15 de noviembre de ese año, en un trayecto entre Milán y Como, estuvo a punto de perder la vida al ser arrollado por un coche mientras montaba en bicicleta. El accidente le produjo graves heridas en una rodilla y supuso su adiós al ciclismo profesional. Se retiró con la única amargura de no haber ganado nunca un Campeonato del Mundo.

Falleció el 5 de mayo de 2000 en su domicilio de Ponte a Ema, a consecuencia de un infarto. Gino el piadoso, Gino el hombre de hierro, Gino el fraile volador, San Gino, el hombre que salvó la vida a golpe de pedal a cientos de judíos, quiso ser enterrado, no con el maillot amarillo del Tour ni con la maglia rosa del Giro, sino con el mantello de terciario carmelitano. Esa fue su mejor carrera; ese fue su mejor triunfo.


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